Capitulando en el medio digital. (I) La información científica

24 May

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La fragmentación en los hábitos de lectura y escritura con la que los nativos digitales parecen identificarse -y cuyos efectos comentamos en otro artículo de nuestro hilo- nos lleva hoy a repasar algunas iniciativas que toman esta nueva razón retórica del universo hipermedia y la adaptan a la distribución tradicional de la información, transmitida en la Edad Moderna y hasta hace bien poco en volúmenes fijados por el editor y el impresor.


El primer servicio se llama Chapterizer y lo ofrece la librería online eBookPie. Vende sus libros completos, o, al modo en que iTunes lo popularizó para la música, en fragmentos. Aprovecha para ello la división de capítulos habitual en el formato del códice, que nos ha servido durante siglos para fragmentar el texto en capsulitas o unidades diferenciadas, de forma que la localización de pasajes o desarrollos de un tema se presentaba de una manera más organizada y/o analítica. El nuevo servicio online permite diferenciar los capítulos, separar los que interesen, y comprarlo por separado, si el resto del libro no nos interesa. Esto resulta de gran utilidad para los libros técnicos, sin duda. Permitiría también, en obras de ficción ya conocidas, seleccionar el capítulo favorito o aquel que necesitamos. El servicio está dirigido a los editores, quienes deciden fragmentar los textos y ofrecer estos capítulos.

El segundo servicio, que ofrece una mayor libertad para el usuario final, el lector, bebe de la categoría open source y las licencias copyleft, de la mano de Wikipedia. Se llama Book creator y funciona también en su versión española. Se trata de que el mismo lector pueda elaborar su propio libro en formato PDF (u OpenDocument) a partir de artículos visitados en la Wikipedia. De esta forma podemos crear nuestros libros de consulta temáticos y descargarlos gratuitamente o pedir una copia impresa si lo deseamos, para quien desee leerlos sobre papel. O, también, dado que algunos textos literarios forman parte del proyecto Wikimedia, crear una antología de selección de textos favoritos o esenciales según un propósito. La iniciativa es buena porque ofrece una mayor flexibilidad a la hora de organizar las lecturas visitadas a la enciclopedia, aunque al mismo tiempo es una manera de volver la vista atrás, a adoptar digitalmente prácticas tan recientes como la creación de libros de la asignatura escolar universitaria a partir de fotocopias de extractos ofrecidos en una lista por el profesor, cuando no es posible comprar la antología prediseñada para su público educativo por un respetable editor.


El tercer servicio aborda precisamente esta ultima práctica, muy habitual en la universidad estadounidense, de crear readers o antologías de lecturas para el curso. McGraw Hill presentó hace no mucho su The Ideal Reader, donde pueden elegirse entre 700 extractos o capítulos para conformar el libro perfecto para cada profesor. La búsqueda puede hacerse por autores, materias, géneros, e incluso lo que han denominado “modo retórico”, que recupera, con ciertas actualizaciones, las antiguas clasificaciones de las técnicas discursivas de la retórica clásica (sí, ya ven, desde la narratio hasta la argumentatio, como pueden ver en la captura de pantalla que les ofrezco).

El profesor se convierte en editoautor online, participando en el proceso de la composición completa del libro al estilo más clásico de creación de un discurso (McGraw nos ofrece un comienzo del mismo mediante la inventio o recuperación de ideas y materiales diversos -sección find content-,  la dispositio mediante el orden de dichos materiales o lugares comunes del conocimiento -sección arrange-, y la elocutio final al personalizar con un estilo personal los materiales del volumen creado -sección personalize-); todo ello extraído, como comentaba, del florilegio o enciclopedia de topoi o lugares comunes temáticamente ofrecidos y ya prediseñados por la editorial. El texto final puede pedirse impreso o descargarse en PDF, en un remedo digital de la actio retórica clásica.

Por todo ello, estos procedimientos no representan en sí mismos una gran novedad histórica, y debemos recordar que en la época previa a la imprenta, y en especial como práctica habitual en los scriptoria medievales, se creaban manuscritos a partir de obras variadas que se reunían en un mismo volumen con una intención determinada (compilatio), como por ejemplo muestra el mss. P de El conde Lucanor, que contiene otras cinco obras diferentes. La práctica incluso se perpetuó en la (sub)cultura manuscrita del Renacimiento y el Barroco, siglos en los que los libreros universitarios hacían copias de cuadernillos a pecia (antiguas fotocopias hechas a mano de copistas) para uso de los estudiantes. Otra técnica muy asociada al mundo manuscrito en especial, perpetuado luego en el de la imprenta, fue la de los marginalia o anotaciones que comentaban, corregían, ampliaban los textos, formando parte de los mismos, si bien sólo del ejemplar leído y anotado (cada ejemplar manuscrito era por tanto una edición diferente en sí mismo por estas razones).

Ciertamente con la aparición de la imprenta, la disposición de capítulos y fragmentos quedó progresivamente instituida y afiliada a un orden determinado por la edición (autorizada, que también las había, y muchas, piratas) y el volumen que la acoge. Sin duda, para la Ilustración ese papel marcado a fuego de imprenta, junto con la valoración del volumen escrito como fuente de conocimiento, ha generado con el tiempo un especial halo de autoridad hacia la edición fijada, entendida como obra final, pulida, retocada, y esplendor bruñido de la verdad sobre una materia.

Esto último es lo que los servicios online que he repasado aún perpetúan en cierto modo. Si bien al comienzo de cada curso el profesor o el lector puede crear un nuevo volumen actualizando o cambiando algunos textos, o incorporando otros nuevos disponibles con facilidad, cualquier cambio necesario para realizar durante el curso mismo se vuelve impracticable, dado que el resultado final sigue siendo un volumen fijo físico o digital (y el formato PDF, aunque tenga la oportunidad de ser modificado con cierta facilidad, tiene la cualidad original de mantener una disposición fija de los materiales). Así, desde una perspectiva del conocimiento como texto flexible, el modelo ofrecido por los dos servicios online comentados necesita un par de empujones más, que igualaría y al fin superarían las prácticas medievales.

  • Por una parte, la capacidad de la edición de cambiar o alterar su contenido en el instante en que la editorial modifique el texto mismo o añada cualquier información en él
  • Por otra parte, la capacidad del lector o del estudiante (el profesor puede hacerlo, pero solamente al crear la edición) de incorporar o añadir información al margen o no del texto en cualquier momento durante el curso.
  • Además, habría que señalar la notable ausencia de materiales audiovisuales y las posibles conexiones que etiquetas y enlaces permiten actualmente.
  • Y por último, parece necesaria ya la incorporación de redes sociales que mantengan al tanto a lectores, estudiantes, profesor, de novedades respecto a los temas centrales del texto que se está estudiando.

    Visto desde la perspectiva hipermedia, estas ediciones no sólo resultan incompletas, sino fragmentadas y desconectadas (por aisladas) entre sus propios materiales. La ya habitual crítica hacia la fragmentación del texto que propone la retórica hipermedia podría muy bien ser invertida aquí al atender lo dicho. Si bien estas ediciones muestran inicialmente un acercamiento más personalizado y preciso del universo que el profesor quiere transmitir durante un curso, estas ediciones elaboradas en la nube no nos permiten conectar, al modo 2.0 con que han sido creadas, ni los distintos textos que las componen, ni sus enlaces a otros textos o lugares de conocimiento fuera del mismo, ni siquiera permiten tomar el texto como pretexto mismo para ir añadiendo en unos márgenes nuevos materiales hipermedia (o no) durante el curso, enlazando en ellos nuestros descubrimientos y notas de la clase y del estudio. Salvo que el estudiante o lector use un editor de pdf, ni siquiera podrá utilizar la magnífica técnica de los marginalia heredada de la escolástica medieval. Algo que sí recupera y potencia, sin embargo, la plantilla creada para WordPress por futureofthebook.org.

    Por ello creo que, si de algo debe servir esta labor online de compositio y divisio textus que genera tantas posibilidades de dispositio como lectoeditores haya, si de algo podemos aprovecharnos con esta fragmentación de materiales, será para perfeccionar la idea del manejo de un volumen flexible, y no de perpetuar o mejorar solamente antiguas y viejas prácticas (lo que sin duda es un paso interesante en la relación del códice con lo digital), sino también para ir más allá y aprovechar las tecnologías de cada momento que nos permitan crear una dispositio eficaz y pertinente de los materiales en el soporte en que se difunden.
    Seguramente McGraw Hill está pensando en ello, y sería una irresponsabilidad por su parte, como empresa editorial tan fuerte como es, que no lo hiciera pronto. Sin dudar que el servicio online es muy rentable en estos momentos (también se orienta a que los editores de ficción publiciten sus novedades a través de regalos de capítulos online vía twitter), y si bien es verdad que ofrece una cierta flexibilidad en el enfoque del libro de texto, lo que atraerá el interés de la mayoría de profesores, el camino más interesante y propio del medio digital está por recorrer.
    En la wikipedia de hoy, la frase del día viene de la mano de Aristóteles, su Metafísica, y rubrica el trasfondo educativo del artículo de hoy:
    «Todos los hombres por su naturaleza desean conocer»

    Los dispositivos tecnológicos de conocimiento deben ayudar a poner los mejores medios (y el acceso a variados y diversos contenidos) para ello.


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