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Perdiendo el hilo: La hiperlectura y el desconcierto de los lectores des(con)centrados

9 May

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En el articulo del blog Literatura electrónica titulado Nietzsche cambió, ¿cambiaremos nosotros?, Juan José Díez se hace eco de un artículo de Nicholas Carr publicado en The Atlantic en el que su autor muestra su perplejidad ante la lectura desconcentrada con la que se enfrenta al leer un libro o un artículo, y lo achaca al uso de la red, que crea una lucha interna para una mente tendente a divagar en la inmediatez y multiplicidad de información que provee la pantalla, y que halla luego dificultades serias para encontrar su camino, pues básicamente pierde el hilo continuamente y como consecuencia final le impide leer en profundidad.

Haciendo honor al nombre de esta bitácora, querría hacer algunas reflexiones sobre este hilo perdido de la lectura que crea, especialmente en los que no son nativos digitales, la legítima incertidumbre de si se agotará la posibilidad de una lectura dilatada y en profundidad del texto. El propio Carr disecciona muy bien el papel que algunas tecnologías anteriores han supuesto para el modo de pensar nuestra actividad en nuestras vidas (como el reloj mecánico, que nos modifica algunas actividades naturales para supeditarlas a una programación matemática). El paso a la escritura, como recordaba Sócrates en el Fedro, haría perder la auténtica sabiduría, ya que nuestra mente dejaría el conocimiento muerto en un material externo y ajeno a nuestras operaciones mentales. Carr reconoce que Sócrates no supo ver las virtudes de la escritura, a pesar de tener unas buenas razones, y que quizás él mismo tenga ese problema con la lectura hipermedia. El artículo no es baladí, porque se pregunta en última instancia por esa sistematización de información a la que aspira Google tras los pasos de generar una poderosa inteligencia artificial, en la que el sistema puede con el individuo.

Desde luego, la recurrencia constante a este sistema inmediato y ubicuo de búsquedas está centrando la actividad informativa e investigadora de media humanidad, y la multiplicidad de enlaces entre los propios múltiples resultados que nos ofrece parecen crear un galimatías estupendo en el que todo distrae de todo, porque no hay un centro constante, sino un constante re-centramiento en cada nueva pieza informativa. En cierta manera, si le robamos la ansiedad que esto produce a un lector tradicional que busca seguir un hilo determinado y es no obstante atrapado por una red de fascinantes y nunca vistas sugerencias, jamás he asistido a la idea de contemplación absoluta de una manera tan singular. Y sé que el significado de “contemplar” implica “poner la atención” en algo. Pero, ¿en qué ponemos la atención cuando esta es tan intensa porque cambia constantemente de objeto?

En el reciente documental de PBS Digital Nation, se plantea, por un lado, que los chicos multitarea de Stanford sobrestiman su eficiencia, eficiencia que no corroboran los resultados de concentración que les han hecho. Por otra parte, escáneres cerebrales en UCLA muestran la mayor participación de áreas cerebrales al navegar por internet -Google-, frente a la actividad de la lectura tradicional, que activa menos áreas. Especialmente, la navegación catapulta las áreas de decisión, que se asocian normalmente con el ejercicio de la inteligencia. Desde luego, mayor uso cerebral no implica mayor atención a un objeto, pero sí indica una actividad asociativa mayor (¿pero esta toma de decisiones es suficientemente consistente, in-formada?). En el documental se dice también que los chicos sólo leen resúmenes de los libros (creo que esa es actividad pre-digital, me temo) y, de especial interés es la detección, por parte de sus profesores, de que los ensayos los escriben fragmentadamente, debido a sus múltiples tareas, algo así como reincidiendo en el mismo punto en cada párrafo. Seguimos teniendo mucha confusión sobre la interpretación de estos efectos.

Sin duda, la afirmación de Maryann Wolf -citada por Carr- de que no somos sólo lo que leemos, sino el modo en que leemos, parece el quid de la cuestión en esta trama. Como a Nietzsche con su tardía máquina de escribir, que le condujo a una forma telegráfica y aforística de escritura, el hipermedia nos lleva a otro modo de escribir, de expresarnos y, por tanto, de pensar. Toda retórica es una técnica comunicativa, y como técnica debe aprenderse y aprehenderse para que funcione adecuadamente. Tanto para nativos como para no nativos digitales se produce la dificultad de abordar una técnica de comunicación diferente de la aprehendida (los primeros se aburren con un solo y largo texto de Tolstoi, los segundos contrastan abrumados esta experiencia con la fragmentación asombrosa y parcelación del texto en cápsulas informativas des-hiladas). Quizás el modo en que leemos nos distrae por lo que somos.

Sin embargo, pensemos que la distracción lectora (en el sentido de leer fragmentariamente una novela, por ejemplo) no es ajeno a la experiencia lectora en sí. Cualquier lector tradicional reconocerá, que salvo placenteras excepciones, en muchas ocasiones ha debido leer un libro sin hacerlo de un tirón. Es más, entre un capítulo y otro posiblemente haya debido ir al trabajo, ayudar a los niños, hablar con su pareja, salir con los amigos, lavar la ropa, cocinar, arreglar unos asuntos, y cuántas cosas más. ¿No es la vida una auténtica distracción de la lectura? ¿Nos falta por ello profundidad en la lectura? La monja sor Juana Inés de la Cruz decidió entrar en el convento para poder leer y escribir, y aún así se quejaba de una falta de concentración y continuidad debido a las tareas monásticas y la irrupción de sus compañeras durante los momentos de asueto que ella dedicaba al estudio.

Tampoco hay mucha duda cuando los aficionados a los juegos pasan horas inmersos en la experiencia lúdica, o cuando vemos una película, no hay distracción alguna salvo lo comentado. ¿Qué pasa entonces con la lectura, entonces? La literatura, como las noticias o las películas o los juegos, tiene sus lugares. Ha estado en el códice hasta hace nada. Y está allí para muchos todavía. Pero la literatura no termina de encontrar su lugar en este frenetismo de la digitalización. Un artículo reciente en un blog deduce que los intentos de editar libros con videos y enlaces (el vook) es más bien una cuestión de mercado que de mejoras o enriquecimiento en la lectura, y decide su autor quedarse con el libro (el book), porque quien quiera leerlo, sin que le deje de gustar ver un video sobre el asunto, lo que le interesa es la lectura del libro en sí, con lo cual un libro tradicional, o en su defecto un dispositivo de libro electrónico es lo correcto ahora mismo (eso sí, con precios más bajos por título).

Y es cierto que, a mi parecer, Vook tiene ediciones superfluas. Paseando el otro día por algunas previsualizaciones de los clásicos que tienen para web (la version para iPad parece más ordenada y coherente), existe la opción de ver en la misma página un video y el texto, e incluso el texto sobre el video, lo cual no es ya un ejercicio de multitarea, es una superposición imposible de lecturas (audiovisual con alguien hablando sobre el libro, y la tipográfica con un texto a descifrar). Por supuesto, existe la opción de ver sólo el texto, pero entonces ya no veo el interés de ninguna edición enriquecida. También es posible quedarse con los clips de video e ignorar el texto. No hay un claro objetivo editorial, una integración coherente de los materiales, y los enlaces que añaden en el texto, salvo alguno realmente pertinente, llevan a una página de diccionario externa y ajena a la editorial donde se explica la palabra enlazada, con un criterio muy aleatorio y chapucero desde el punto de vista editorial y digital, ya que existen actualmente formas de insertar diccionarios para todo el texto sin necesidad de hacerlos pasar por enlaces que van a enriquecer tu lectura de una manera multimedia y pertinente. Así, cualquiera pierde el hilo de una lectura, mal cercenada en su propósito.

Sin duda, lo que hace falta es una coherencia para todo ello. Que el hipertexto pueda ser infinito, como un cuento de Borges (que se escudaba irónicamente tras los propios espejos y laberintos de imágenes y palabras que fabricaba y con los que enredaba maravillosamente a los lectores), es una idea que sólo tiene sentido si la entendemos como una oportunidad de organizarnos a placer y a necesidad al mismo tiempo, y no como una invitación a la locura y la dispraxia de contenidos. ¿Cómo no voy a saltar de una cosa a otra, a veces sin ton ni son, si Google en estos momentos, lanza sugerencias, centelleos, hace casi poseía vanguardista conectando algorítmicamente fragmentos a veces asociados y otras completamente disociados para el placer de nuestra curiosidad? Digamos que esa es una parte de la lectura, la superficial, la que nos asusta porque la confundimos con otra lectura paralela que nos permite el hipermedia: la lectura superficial que ha tenido lugar como experiencia interactiva, como performance o happening sobre la pantalla, exige una respuesta, una actitud, una acción, por ejemplo compartiéndola en una red social, comentándola en otra red social, ordenándola en una cuenta propia de citas digitales, respondiéndola en una bitácora. esto exige saber donde dispongo ese fragmento leído, con quién y qué lo asocio, dónde lo clasifico, y con quién quiero confrontarlo. Creo que esta actividad- con su toma de decisiones- permite sedimentar, en un proceso continuo, esas lecturas fragmentadas, y a partir de ahí se procede hacia la profundidad, al conocimiento. Pero esto no es posible si confundimos búsquedas con lecturas, aunque aparentemente se den simultáneamente. En realidad, quizás es eso lo que nos distrae. Por ello también pienso que las visitas, el itinerario realizado, no puede ser cualquiera, y ahí es donde la multitarea y sus efectos negativos hasta la fecha pueden quedar mitigados, porque la atención ahora es capaz de sumergirse en un objetivo concreto, en un camino que, con su riqueza y variedad de inmediatez nunca vistas hasta ahora, el cerebro aprende a discernir, a aparcar, a relegar información pertinente pero no urgente, y a recolectar en el camino aquello que realmente le interesa. Siguiendo el hilo. Ese trabajo de gestión permite al mismo tiempo diferentes recorridos para diferentes lectores, pero para todos una lectura concentrada. Y la fragmentación no importará si las conexiones se eligen sin perder el hilo, es más, siguiendo varios hilos incluso, pero atentos a lo que hacemos. Es, simplemente, convertirse en un Ulises que no sólo no se deja llevar por el canto de sirenas, sino que además es capaz de aprehender sus cantos. Pero ser un héroe resulta difícil. Desde luego necesitamos desarrollar y ejercitar técnicas para aprender a leer así, y las propias búsquedas, etiquetaciones, enlaces, deben ir mejorando: es un problema, por curioso que parezca, de usabilidad. El libro no nos distrae porque conocemos su técnica de lectura y porque su compaginación y diseño ayudan a no perderse una vez conocida la técnica. Pero recuerden el video del monje medieval que no sabe manejar bien un códice y su mecanismo de acceso a la lectura. Está más preocupado de cómo acceder a la información que de qué puede aprender en el libro.

En resumidas cuentas, el problema de la fragmentación textual y la ausencia de concentración junto con la profundización en la lectura podría plantearse así, a mi modo de ver:

  • Queremos aprehender una lectura hipermedia con una técnica de lectura que no nos sirve porque es para otro soporte y otra retórica, y eso nos confunde y distrae. No leemos como somos.
  • Precisamos entonces de una técnica hipermedia de lectura que hile precisamente los fragmentos y nos lleve a lo que queramos leer, no a lo que nos tiente sin más el diseño realizado por Google hasta este momento.
  • Con ello podremos definir lugares, espacios acordes para la literatura, donde sea a la vez grata y enriquecedora la (experiencia de) lectura de una novela decimonónica, pongamos por caso, sin que la fragmentación y las distintas posibilidades hipermedia anejas a ella impliquen necesariamente una interrupción, una distracción casi aleatoria. No será una lectura lineal de la novela, pero será una lectura inmersiva y coherente, que usará su texto, a la par que rica en conexiones, intervención de los lectores, etc. Y por supuesto, dará la opción (pero no en forma de frenética huida hacia delante, como ahora mismo son las búsquedas en la red) de salir o abandonar, o leer sólo una parte de la historia (creo que saltarse páginas siempre ha estado permitido).
  • Sólo después esa aleatoridad salvaje de enlaces tan sugerentes como dispares, que nos permiten acceder en la superficie de otras muchas relaciones o documentos impensados por descubrir, tendrá un sentido mayor, y puede complementar de manera sorprendente y brillante nuestra lectura, ahora sí, profunda.

La longitud de este artículo habrá eliminado a estas alturas a aquellos lectores que hayan perdido ya su poder de concentración sobre tanto párrafo continuo, y aunque he eliminado algunos enlaces para evitarlo y he dejado otros para ver si acaban leyendo a

Platón

o

Borges

en vez de a mí, me sirve también para dar un gusto al lector contemplativo más tradicional, y demostrar que a pesar de todo supo dejar mis fuentes a un lado y llegó hasta aquí, aunque haya anotado e incluso visitado varios artículos de su interés o incluso los haya intercalado en la lectura. Lo importante es que el lector quiso llegar en su camino hasta este lugar del texto (incluso quizá saltándose párrafos). De todos modos, sin ser este en absoluto un modelo de texto organizado realmente como el que propongo, sí representa la lectura concentrada que se crearía si no formásemos enlaces que distraigan inútilmente, si supiéramos que algunos enlaces son fuentes y otros ampliaciones, si reconocemos que pondremos un orden para revisar unos y otros en diversos momentos, asociándolos con este interés por descubrir el secreto de la lectura fragmentada y la concentración digital: ahí radica la auténtica multitarea bien enfocada. Muchas buenas bitácoras navegan ya en ese equilibrio y han hallado en sí mismas un puerto, un lugar para pequeños ensayos hipermedia concisos, profundos, bien informados y magníficamente enriquecidos con enlaces pertinentes y sorprendentes. Si la multitarea de los jóvenes se educa para que haciendo veinte consultas lleguen a materiales sobre un aspecto concreto, ellos mismos encontrarán el resto de hilos para desarrollar en sus cabezas una nueva natividad de la comunicación. Podrán sentir el tapiz creado por un autor y aún tapices más complejos que apenas percibimos hoy.

Después de todo esto, quizá todavía les pase a los lectores como a un amigo de Nicholas Carr, que dice que ya no es capaz de leer

Guerra y Paz

porque ha perdido esa capacidad. En realidad no ha perdido una capacidad, ha perdido una habilidad, la de una técnica de lectura y acceso al conocimiento que se ha sustituido por otra. La cuestión radica en que, si bien podemos optar por educar en la lectura tradicional a los nativos digitales o abandonar nosotros las sirenas tentadoras de la red, la otra opción, que necesita investigarse y practicarse con seriedad y cierto desafío intelectual y creativo, implica que no hay ni un modelo ni una herramienta

ad hoc

-una forma de hiperedición, un lugar para la ficción impresa- de

Guerra y paz

que responda a la nueva técnica de lectura en la que todos estamos cayendo con admiración, placer, terror, sorpresa y mucho despiste.